miércoles, 4 de enero de 2012

Pequeños relatos: Tras la caída de San Juan de Acre

Abrí los ojos en una penumbra apenas iluminada por escasas teas y ceras ardientes de relajantes aromas que insuflaron a mis pulmones fragancias agradables. Me hallaba en una sala amplia, decorada suntuosamente con ricas telas orientales, cortinas de seda, cojines confortables de variopinto colorido colocados estratégicamente alrededor de mesas bajas, tan bellamente labradas, que parecían más obra de un perfeccionista orfebre que de un ebanista experimentado. La exquisitez del lugar mostraba no tan solo el poder mundano del dueño sino también el gusto sibarita por el arte y la espiritualidad hecha materia. ¿Acaso me hallaba en el paraíso? ¿Había muerto? Intenté alzarme en medio de aquel sueño quizás mágico, pero un terrible latigazo que recorrió mi cuerpo desde la nuca hasta los mismísimos pies me lo impidió. Alcancé a sentir el lacerante escozor de las heridas de guerra, de las cicatrices aún no cerradas que recuerdan con cruel certidumbre que aún me hallaba entre los vivos, aunque quizás no por demasiado tiempo; y de pronto ese dolor me hizo recordar…
El asalto final. Los muros tomados por los sarracenos, la huída hacia el bastión templario, la tenaz, pero vana resistencia. La avalancha humana en el torreón cruzado. Los hombres luchando, cercenando miembros, muriendo bajo el acero… Y de pronto el abismo. La apertura de las fauces de la tierra. La estructura de piedra reducida a añicos, arrastrando consigo a ismaelitas y cristianos por igual hacia la muerte definitiva. Demasiado peso para la solidez de unos cimientos corroídos como la raíz de una muela por los mineros infieles. Demasiados hombres. La caída al vacío y el fin, o al menos la oscuridad…
Y la imagen de la valerosa dama Eowyn de Camelot libre de aquella pesadilla gracias a la extraña cualidad de saltar en el tiempo como un ratoncillo inquieto.
Los recuerdos de la catástrofe y de la caída de San Juan de Acre se disiparon de repente ante la neblina que precedió la entrada de una joven en la sala. Adiviné unos rasgos semíticos gracias a los exóticos ojos de la mujer, único rasgo facial que se escapaba a la censura de un velo que, ¡Dios santo!, pese pretender ocultar el rostro, la tela era demasiado transparente como para ocultar los labios carnosos.
La saludé en árabe, aunque de manera algo torpe, he de reconocerlo. Pero mi dominio de la lengua infiel era lo suficientemente inteligible como para haber mantenido numerosas conversaciones durante mis periplos por Tierra Santa. Afortunadamente mi cerrazón occidental se había ido abriendo poco a poco a la mentalidad de aquellas gentes y de su cultura. Como muchos de mis hermanos pude comprender más allá de la Cruzada y entender que éramos hermanos bajo un mismo cielo y que nuestros dioses eran el mismo, aunque desgraciadamente la visión del Islam la encontrara equivocada y deseara que conocieran al Jesús que su profeta les había negado.
La muchacha sonrió sorprendida, y me devolvió el saludo.
-¿Cómo te llamas? –dije- ¿Quién eres?
-Soy Samira –se limitó a contestar.
Detrás de ella surgió un gigante semidesnudo y con un alfanje colgando de un cinto ricamente ornado. Intenté reaccionar para enfrentarme al intruso. El dolor me impidió moverme.
-Tranquilo, caballero. Es solo un guardián –con un gesto de la barbilla le ordenó marcharse-. Un eunuco –sentenció.
-No es que temiera su olvidada hombría. Más bien me inquietaba el tamaño de su espada.
Samira rió con dulzura mi intento por parecer gallardo, y los dientes perfectos y blancos como la leche brillaron entre sus labios. Se acercó y arrodilló a mi lado. Entonces me percaté de que portaba una bandeja con una lámpara y una copa.
-Vos no me habéis dicho vuestro nombre –susurró con una tonalidad simplemente hipnótica.
-Me llamo Jacques de Molay y pertenezco…
-Un templario –cortó Samira-. Los guerreros del califa dicen que mostrasteis un valor excepcional en la defensa de la fortaleza cruzada –hizo una pausa, mirándome fijamente-… Que luchasteis solo contra muchos –sus ojos brillaron de una manera extraña para mí-… Que si el mismísimo Iblis no hubiera derruido el suelo a vuestros pies jamás hubieran podido tomar el torreón templario…
-Yo solo hice lo que mi fe me ordenó –aduje, henchido de cierto orgullo por las alabanzas.
-El califa cree que sois un gran capitán…
-¿Y se supone que por eso estoy vivo? Vivo pero preso, aunque he de reconocer que he hollado algún que otro calabozo mucho peor que este… -lugar de ensueño, pensé- Mirad, bella damisela, si lo que pretende vuestro señor es conseguir una buena recompensa por mí, creo que lo lleva claro.
-Mirad a vuestro alrededor –dijo Samira-. ¿Acaso creéis que son riquezas lo que desea mi Amo? Tiene todas las que quiere.
-¿Entonces qué quiere de mí?
La joven me tendió la copa.
-Callad ahora. Y bebed.
El contenido era un líquido rojizo y negruzco, de aroma afrutado y dulzón, seguramente satinado de especias traídas de allende los desiertos.
-¿Vino? ¿Desde cuándo los musulmanes beben vino? –sonreí burlonamente.
-Mi señor es generoso. El vino es para vos. Y lo que deseéis a partir de ahora. Mi amo sabe recompensar.
Bebí de la copa. La ambrosía, caliente, entró por mi garganta como un manantial reconfortante y proporcionó a mis músculos entumecidos el calor de la fortaleza y el ardor combativo.
Samira cogió la lámpara y roció aceite espeso por mi pecho. ¡Entonces me di cuenta de que estaba totalmente desnudo, excepto unas piadosas telas que cubrían mis más absolutas vergüenzas! ¿Cómo era posible que me mostrara tan pecador? ¿Qué clase de tentación demoníaca pretendía mostrarme el califa a cambio de no sé qué? ¡Jamás el oro ni las riquezas me habían tentado, ni los ropajes suntuosos, ni la vida de reyes! ¡Solo mi hábito de monje templario me hacía realmente rico! ¡Dios Todopoderoso! ¡Jesús redentor! ¿Cómo podía yo mostrarme en tal estado? ¿Cómo había caído en el pecado de que me viera una mujer desnudo? ¿Por qué Satanás jugaba con mi expiación y la salvación de mi alma de esta manera tan injusta?
Incapaz de resistirme, la mano de la joven acarició mi piel, mezclada con el aceite, y sentí que el vino bebido me nubló el entendimiento. Con un esfuerzo sobrehumano, le arranqué el velo para desenmascarar al Caído. En su lugar me encontré unas facciones tan bellas, y una tez olivácea tan sensual que supe en aquel mismo instante que mi alma ardería por siempre en las llamas del infierno.
-Mi señor sabe que muchos barcos partieron de Acre, pero le interesa en particular uno de los últimos. En el que subió a bordo el infame Thibaud.
¿Así que de eso se trataba? ¿Una arpía hambrienta de hombres? ¿La lujuria hecha carne para mi goce? ¿A cambio de traicionar a la Orden? ¿De decir el rumbo que llevaba la galera de Thibaud Gaudin, el Tesorero Templario? El mismo que los había dejado tirados en aquel reducto como a perros ante los despiadados lobos infieles. El Cobarde, diría yo. Aunque muchos justificaron su acto. Pensaban que, por orden del Gran Maestre Guillaume de Beaujeu llevaba una reliquia de Jerusalén consigo, la cual pretendía poner a salvo de las manos sarracenas. El Arca de la Alianza, habían especulado unos. La Mesa del Rey Salomón, habían aventurado otros. El oro de la Orden, sin duda, desdeñaba yo.
-Eso es lo que él quiere –pareció adivinar mis pensamientos-. Pero yo os quiero a vos –y sentí que el aceite sobre mis heridas y el vino en mis labios retornaron el vigor a mis extremidades, y en lugar de alejar a aquella odalisca del placer, la agarré con fuerza para atraerla hacia mí, mientras sus ojos se clavaban en los míos con una auténtica mirada penetrante de deseo infinito.
Samira me abrazó.
-El califa quiere saber el destino de la nave que tomó Thibaud. Os sacará la respuesta tarde o temprano, pero por favor, aguantad esta recompensa o esta tortura, lo juzguéis de una manera u otra. Aguantad y callad todo el tiempo que podáis. Os quiero para mí y solo para mí. No lo reveléis a las otras.
En ese momento, un grupo nutrido de mujeres entraron en la estancia. De todas las tonalidades y apariencias posibles, inundaron la estancia con la firme intención de continuar el interrogatorio. No sabía si sería aquella esclava cristiana, o aquella nórdica turgente, o incluso aquella rareza llegada de las estepas mongolas, o acaso aquella númida de ébano… o mi decidida Samira, pero lo cierto es que no sabía por cuánto tiempo podría evitar confesar que el Gran Cobarde, hasta donde yo sabía, había huido a Sidón, a la fortaleza del Castillo del Mar.

sábado, 15 de octubre de 2011

Andanzas en tierra (quizás no tan) extraña 2

Nada más dejar el equipaje en la posada, nos dirigimos a lomos de mi jamelgo a la cercana villa de San Fernando de Henares por unos caminos tan mal señalizados que hubiera sido más fácil llegar a cualquier punto del planeta que a nuestro objetivo, tan cercano aunque tan inaccesible como el tesoro de un pecio.
-Se nota que nos hallamos en tierras de Espe –fue la explicación que quiso dar Eowyn-. En efecto, yo ya conocía que esa parte de la península estaba gobernada por una tirana corrupta, aliada de la Iglesia, que explotaba a sus súbditos y les despojaba de la Sanidad y la Educación para dárselas solo a quienes podían pagarla. Desconocía que también se dedicaba a jugar a los errores con los viajeros, pero esa era la teoría de mi compañera de viaje.
No bien logramos alcanzar el punto de reunión, tras los sufridos vericuetos comentados, empecé a darme cuenta de que el lugar no era exactamente lo que yo me esperaba. Amén de que no encontré ni un solo caballero de mi Orden (ni, de hecho, de cualquier otra, por lo cual empecé a maldecir al bastardo de Rufus); solamente veía gente vestida de rojo o tricolor que iban de un lugar a otro y que eran supuestamente afines a las ideas de Eowyn, pues su sonrisa y comentarios sarcásticos hacían evidente que me había metido en una fiesta que no era la mía, pero por alguna extraña razón que solamente el Altísimo alcanza a entender, me invitaba a participar de ella y de las sorpresas que me podía deparar.
Eowyn me introdujo en un laberinto de carpas improvisadas que hicieron real para mí un mundo del cual hasta entonces solo había oído hablar en las diferentes redes sociales de internetum, el cual, por otra parte, me había resultado tan interesante como para molestarme en investigarlo por mi cuenta o con la ayuda de mi querido Arquímedes. Mi malestar para con el jodido jorobado mentiroso se estaba tornando en un agradecimiento sincero. En aquel lugar, banderas rojas con martillos que cruzaban hoces en amarillo, camisetas con estrellas del mismo color y ositos comunistas armados de las temibles kalashnikov, camisetas con la cara del Che argentino, del comandante Fidel o del bolivariano Chávez e insignias revolucionarias de todo tipo, contrarias a los totalitarismos y a la explotación del ser humano, me rodearon y acariciaron las anillas de mi cota. Los mensajes subyacentes de igualdad, libertad y justicia que flotaban en el aire calaron a través del metal y las caras de aquellas personas asistentes al evento reflejaban algo que yo hacía tiempo había creído perder pero que bullía en mis entrañas de nuevo, rugiendo por salir y mostrarse en todo su esplendor: la esperanza.
-Algunos me acusan de ingenua –acordó Eowyn cuando le hablé de mis sentimientos- por seguir esta ideología y ser compañera de los que también lo hacen, pero con todos los errores que cometemos, como mujeres y hombres que somos, considero que esta doctrina nos habla de los valores que nos hacen más humanos, que es, esencialmente, buena. Además de que implica las teorías económicas más razonables, a mi modo de ver.
Recorrimos aquel lugar e hicimos acopio de símbolos de todo tipo, entre los cuales destaco la bandera tricolor, acerca de la cual me explicó Eowyn que había sido la enseña del país durante unos maravillosos años en que la Dama, la República, había gobernado tras destronar reyes caprichosos; aunque su legado de todos los valores auténticamente humanos que deberían regirnos fue decapitado por una cruenta guerra civil en la que los poderosos y la Iglesia habían lanzado una nueva Cruzada que sumiría al país en otra Edad Oscura durante cuatro largos decenios, seguido de otros casi cuatro largos decenios más de falsa democracia y mayor poder del capital que antes, incluso. En aquel preciso momento supe que Dios es republicano, y la Iglesia, una usurpadora de su nombre.
-Y que conste que no digo que la República fuera perfecta –continuó aleccionándome mi nueva amiga- pero era un paso muy importante en la dirección correcta. Y era nuestra. Y nadie tenía derecho a quitárnosla.
La noche llegó mucho más pronto de lo que esperábamos y decidimos recogernos en nuestros aposentos, que consistían en una enorme sala compartida por muchos de los asistentes a la fiesta, dicharacheros activistas venidos de diferentes lugares de la península. Aquella velada transcurrió sin más novedades y llegó el nuevo día, que estuvo henchido a rebosar de conferencias y presentaciones donde pude adquirir una visión mucho más completa e informada del mundo que me rodeaba y de sus numerosas injusticias: la situación de dominio de Palestina y el Sáhara, las guerras imperialistas en Afganistán e Irak, la tiranía de los mercados, el nombre moderno de los ricos y poderosos de todas las épocas, más intocables y más crueles con los desfavorecidos aún en estos tiempos que en aquellos de donde yo procedía. Y, sobre todo, la estupidez de una economía insostenible que pretende revitalizarse mediante el inmovilismo de concentrar el capital en manos de los que más tienen y evitar que circule y cree riqueza, a base también de esquilmar siempre a los que menos pueden defenderse y sumirlos en la peor de las miserias. En suma, el sistema más egoísta, cobarde, poco caballeresco y menos inteligente que darse pueda.
De nuevo llegó el crepúsculo, y tras escuchar un concierto musical plagado de acordes disonantes de reminiscencia celta (que parecieron encantar a Eowyn, aunque he de decir que las letras de aquellas canciones contaban muchas verdades), mi compañera de viaje me dijo.
-No os lo toméis a mal, pero lleváis todo el día pegado a mis faldas… bueno, es una manera de hablar porque no suelo vestir esa femenina prenda. No os preocupéis, comprendo que os sintáis algo fuera de lugar en un lugar tan diferente de lo que estáis acostumbrado; y he de deciros que me estáis haciendo un gran servicio, ya que vuestro imponente aspecto está alejando de mí a cualquier posible pretendiente.
-Lamentaría ser un obstáculo para vuestra vida social. Me retiraré discretamente en cuando me lo pidáis –yo intenté ser gentil.
-No, no, si me parece perfecto. Hay un momento y un lugar para cada cosa, y este no es para mí el dedicado a esos menesteres. Así que para recompensaros por vuestros servicios de transporte y escolta, os llevaré a un lugar muy especial. Tal vez allí tengáis alguna oportunidad de gozar de esos placeres a los que yo, al menos temporalmente, he renunciado. Si es que no habéis hecho ningún voto que os lo impida.
Nos dirigimos con las dificultades de orientación de aquellas carreteras que Eowyn definió como “surrealistamente señalizadas”, a la villa y corte de Madrid, donde en una de las calles de sus más nobles barrios nos encontramos una curiosa y atractiva taberna gracias a un amable viandante que nos señaló el camino correcto. El lugar, casi vacío, evocaba antiguas reuniones multitudinarias en sus mesas, con multitud de jóvenes y no tan jóvenes hablando y riendo entre rondas de todo tipo de bebidas alcohólicas. La decoración me sorprendió agradablemente por la cantidad de propuestas, actos políticos, y fotografías de las más ilustres mentes pensadoras del comunismo internacional y los más valerosos libertadores de la Revolución cubana, grapados en multitud de paneles informativos. El lugar, a pesar de todo lo anterior, me pareció mal iluminado y vacío, y noté en la mirada de decepción de Eowyn que ella estaba acostumbrada a verlo de otra manera.
-Esto no es ni sombra de lo que eran. Lo van a cerrar –nos explicó el atento autóctono-; Las autoridades quieren convertir el barrio de Malasaña en un escaparate de grandes marcas y transnacionales, ahogando el pequeño comercio un poco más de lo que ya estaba.
-Igual que en Barcelona. También han prostituido mi querida ciudad. Igual que en todas partes –se indignó Eowyn. Tras consumir algunos sabrosos mojitos mientras Eowyn me contaba sus pasadas aventuras en el local próximo a fenecer, decidimos volver a la posada: al día siguiente sería el último de la fiesta, queríamos madrugar para aprovechar el día y nos esperaba un duro viaje hasta nuestro lugar de origen.
-Estoy muy enfadada –afirmó Eowyn- y voy a hacer algo respecto. Aunque no sirva de nada –mi compañera de viaje sacó las banderas rojas y republicanas que había adquirido en la fiesta y las desplegó. Yo azucé a mi montura, pensando que aunque las fuerzas de seguridad de la villa y corte no fueran ni de lejos tan agresivas como las de Cataluña, tal vez la visión de la bandera comunista y de la que ellos hubieran llamado preconstitucional conseguiría hacer que se olvidaran de su educación, si es que la tenían; evidentemente, aquella chica tenía todos los números para recibir una buena tunda de azotes. Sin embargo, llegamos a la cercanías de la posada, sin más novedad. 

Excepto que, al descender de nuestra montura, vimos que nos estaban esperando (continuará).

jueves, 29 de septiembre de 2011

Andanzas en tierra (quizás no tan) extraña

A Rufus no sé si darle un abrazo o un escarmiento. Debería azotarlo como a un perro sarnoso por haberme engañado de manera vil, pero la verdad es que le estoy profundamente agradecido, porque, gracias a su triquiñuela, he encontrado un sentido mucho más intenso a la participación activa en la lucha que ha de devenir y de la que reinará la luz o las tinieblas: el Armagedón bíblico. No quisiera explayarme innecesariamente en los prolegómenos, así que simplemente diré que una buena noche encontré a mi sirviente conectado a eso que llaman internet y que no llego a dominar todavía. Pensé que estaba enfrascado en una nueva sesión de fotografías de señoritas “ligeras” de ropa, eufemísticamente hablando. Pero no; para mi sorpresa estaba leyendo.
-¿Qué haces? –pregunté, intrigado.
-Estooo… Se trata de un cónclave… de caballeros…
¡Caballeros! Mmmmmh. Quizás estuviera allí alguno de mis viejos colegas de batalla.
-¿Pone dónde es?
Debería haber notado sus sudores fríos cuando me atavié con mi desgastada cota de malla, mi raída capa blanca con la imponente cruz bermeja y mi fiel espada Afilona, distante años ha de la cualidad que sugiere su nombre, y monté a lomos de mi resistente Ataulfo, un curioso ejemplar equino de ligero tizne verdoso.
Quizás así me hubiera dado cuenta de la encerrona a la que me iba a abocar. Me alegro de no haberlo hecho.

No bien salí de la populosa urbe en dirección a la villa castellana con nombre de santo católico y por la que cruza el río Henares, me encontré con una figura femenina que iba a pie, con vestimenta de viaje que ocultaba a duras penas una armadura ligera, imbuida de años de luchas y torneos, y una enorme espada tan larga como ella misma. Al llegar a su altura no pude contener la curiosidad; y más porque, aquel rostro ya lo había visto antes.
-Si mi memoria no me falla, bella damisela -su aspecto, engañosamente frágil, me llamaba poderosamente la atención-, creo recordar haberos visto en la plaza donde acamparon aquellos jóvenes durante las protestas de mayo.
-Me acuerdo de vos vagamente -respondió, manteniendo su mirada color nuez dulce en mis gastadas pupilas, al tiempo que su mano se deslizaba hasta la empuñadura de su espadón -. ¿No me estaréis siguiendo?
-No, por Dios –me apresuré en aclarar.
-¿Por qué detenéis vuestra montura, entonces? ¿Qué deseáis?
-Solamente quería preguntaros adónde os dirigíais
-¿Quién pregunta por ello? –Una pequeña ráfaga de aire retiró su capucha y una preciosa melena azabache onduló en el aire.
-No pretendía asustaros –sabía que no podía hacerlo, ni por asomo-. Me llamo… Hace tanto tiempo que no escucho mi nombre que ya no sé ni cómo me llamo. Me dirijo a una villa desconocida por mí –dije el nombre-, junto a la capital del Reino, al encuentro de viejos camaradas de peregrinación por Tierra Santa.
-Palestina, supongo que queréis decir –me escrutó con detenimiento, como buscando un punto débil donde asestar el primer mandoble-. Yo me llamo Eowyn de Camelot, pero con Eowyn a secas también me vale. ¿Y esa Cruz Roja?
-Un nombre con carácter, y bello a la vez. Yo soy, o fui, un templario.
Sus ojos brillaron.
-De esos ya no quedan –suspiró-. Pensé que la Cruz Roja era por pertenecer a esa organización que ayuda a los necesitados.
-Esa siempre ha sido mi más sincera dedicación –respondí un tanto airado, quizás consciente de que aquella joven de aspecto luchador pudiera hallar en el fondo de mi alma las crueldades que yo había cometido en no pocas ocasiones, en nombre de unos farsantes que se apropiaban de la palabra de Dios-. Lo siento, pero no conozco a esa buena gente de la que me habláis.
-No importa. De hecho, yo me dirijo al mismo lugar que vos, aunque al encuentro de otro tipo de camaradas.
-¿A pie?
-¿Acaso no me creéis capaz? -su sonrisa, desafiante, me fulminó.
-No, no es que… -balbucí- Si queréis, podéis montar conmigo. Estas tierras están llenas de bandoleros (los Mossos de no sé qué, creo que se llaman) y timadores, políticos… y el viaje sería mucho más ameno para ambos –me apresuré a añadir-. ¿Qué me decís?
Ataulfo relinchó, henchido de orgullo. A pesar de sus achaques, no consentiría jamás no realizar un viaje, no permitiría jamás dejar atrás a su jinete, ni a quien este tuviera bien en invitar. Antes de eso, caería en el intento.
-De acuerdo. Pero mantened vuestra espada bien envainadita.
Trotamos por los bosques cerrados de Catalonia, topónimo heredado de los godos, quienes llamaron a su último reducto peninsular ante el envite musulmán Gotholonia. Salvo algún atasco de ganado que otro, arribamos a la yerma tierra y los campos abiertos de los monegros. Luego llegó Zaragoza, Medinacelli, la ciudad de Salomón, donde Tariq buscara insaciablemente la mesa del rey hebreo, auténtico tesoro que se mostraba esquivo y hundía su realidad en las redes de la leyenda. El ocre dio paso al esmeralda y Guadalajara quedó atrás para casi perdernos en un laberinto de carreteras, cruces, vías y caminos de cabras.
-Conozco una posada de buena reputación y mejor precio en una aldea junto a San Fernando –sugirió Eowyn.
La aldea no resultó ser tan pequeña como su nombre indicaba, y no tardamos en perdernos por sus calles. Encontrar la posada resultó al final más difícil que encontrar un obispo lento en un noviciado.

jueves, 19 de mayo de 2011

Indignación

Indignación. Es el sentimiento que corroe las entrañas de millones de personas, y que ha lanzado a cientos o miles de jóvenes (y no tan jóvenes) a las calles y plazas de todo tipo de pueblos y ciudades, en un sano, solidario y ejemplar acto de protesta ante la situación política, financiera y laboral imperantes.
Me fascina el hecho de que no abanderen ninguna ideología ni siglas políticas. Al fin queda demostrado que la juventud no está tan adormecida ni manipulada como se creía. Desde luego, si alguien puede arrancar el motor del cambio son ellos, y ojalá que la bola que ha empezado a rodar crezca en tamaño y velocidad hasta niveles incontrolables y pueda dar la estocada a un sistema político, económico y social caduco, corrupto, decrépito y terminal... antes de que él acabe con nuestro futuro, el de nuestros hijos y la propia supervivencia de Gaia.
Los políticos se posicionan al respecto de este fenómeno, y optan por vanagloriarlo y apuntarse al carro donde nadie les ha invitado, o denigrarlo, argumentando que si los manifestantes quieren cambiar las cosas, que lo hagan mediante el voto y las urnas, como armas que ofrece la democracia. A estos vendemotos se les añade toda una retahíla de periodistas, contertulios y opinadores varios, y entre todos demuestran que no entienden al electorado.
¿Es que no se dan cuenta que el problema no es la Democracia? ¿O es que sí conocen el problema, que no es sino otro que "nuestra" democracia es en realidad una dictadura encubierta, dirigida por la Banca y los Mercados, de los cuales los políticos son las marionetas que ejercen el poder "lícito" y servil que ellos necesitan y que manipulan a la ciudadanía haciéndola creer que estamos en un vergel de libertad?
Zapatero destapó a Matrix cuando cambió radicalmente su política hacia una orientación totalmente neocon, dirigida hacia la esclavitud de todas las personas, proletarias o no, en un real 1984. Desde mayo de 2010 la máscara cayó y todo el mundo despertó de su ceguera... de su ilusión.
Da igual que gobierne el PSOE o el PP. Indiferentemente de su ideología algo o nula social, su posición de obediencia total hacia los poderes ocultos (en lugar de a los ciudadanos que les votaron, confiados) resulta en una denigración del voto y una prostitución de cualquier garantía democrática. Todos se preguntan de qué sirve votar si los que gobiernan realmente son los Mercados.
Y esa es la respuesta al argumento de los políticos de que cambien la situación mediante el voto. ¿De qué sirve votar con la actual Ley Electoral, claramente favorable al bipartidismo? La solución ahora NO es el voto, y ellos lo saben. Por eso lo dicen. La solución inmediata pasa por la protesta, la manifestación, la queja pública, porque las herramientas legales que nos ofrece el sistema actual es el mismo que ofrecía hace 40 años a los que luchaban en este país por la Democracia desde la clandestinidad, o la misma que ofrece a millones de musulmanes que han tenido que gritar Libertad desde Egipto, Túnez, Libia, Yemen, Abu Dabi, Siria...
Quizás por eso algunos sectores corruptos quieran hacer un vacío a esos jóvenes, despreciándolos e insultándolos. Y eso teniendo en cuenta que los manifestantes solo pretenden ejercer unos derechos fundamentales alejados de los que los gobernantes pretenden otorgarles, siempre encorsetados en las reglas del juego político. ¿Qué ocurrirá si los jóvenes no abandonan las plazas el día de reflexión, o el día de votación? ¿Les arrojarán a los perros de presa? ¿Dónde queda el derecho a manifestarse y a la libre reunión que SU constitución nos otorga? ¿Volveremos a un estado de excepción? Todo es posible en esta democracia irreal.
Los políticos se deben a los ciudadanos y su fidelidad debería ser absoluta. Pero sirven a la Banca y a los Mercados. No. Definitivamente no han entendido el mensaje. O no quieren.

Veo a Rufus echar unas hogazas de pan en un mísero atillo, y vestirse con sus ropas menos raídas.
-¿Dónde vas? -le pregunto.
-A la plaza de la villa... a pasar la noche con los manifestantes.
El corazón me hace un amago de latido.
-Espera, me voy contigo -no sé qué impulsa mis palabras. ¿La indignación será contagiosa?
Arquímedes y Matea me miran, alborotados.
-No os preocupéis... Volveré antes del amanecer.

Despertar al caos

Me ha vuelto a ocurrir. De nuevo. He caído en sopor, en la autocomplacencia, en el vacío, en el olvido. Afortunadamente en esta ocasión se ha tratado de unos escasos meses. Es realmente un espacio temporal corto si hemos de tener en cuenta que en otras ocasiones la hibernación me ha abrazado durante años, e incluso centurias.
Cierto también que me ha sucedido durante unas horas, a lo sumo días; pero los meses de "evasión" son los que más habitualmente taladran a mi torturada alma a la velocidad de un parpadeo... o la lentitud de una duna ardiente.
Curiosamente, la causa de estos prolongados sueños suele coincidir con situaciones comprometidas físicamente hablando (hay gente que no me quiere bien) o, normalmente, con una mezcla de desazón y apatía estúpida. Dejemos la interpretación a la psicología.
Debo estar agradecido de mi despertar a Arquímedes. El pequeño roedor, no sé si movido por el terror a acabar sus días en el estómago de Rufus, o alertado por los desastres humanos y naturales que se están produciendo en nuestro mundo, ha conseguido mi retorno a la frescura de la noche primaveral.
Lo que no sabe es que su buena intención supone un renacer del tormento cuando me pongo al día de las noticias que llegan incansablemente acerca de guerras, muertes, miseria, tsunamis y un cúmulo de desgracias demasiado reales como para permanecer distante.

sábado, 19 de febrero de 2011

Abogado rico, abogado pobre

A Arquímedes se le eriza el vello de la nuca cuando el ruido de la cancela precede a la gibosa deformación que es Rufus, pero continúa casi impasible, absorto en la pantalla mientras teclea con sus zarpitas sobre el ordenador, aunque siempre ojo avizor a los movimientos de mi ayudante. Me consta que cuando yo descanso, el roedor no asoma el hocico por la celda (creo que ha adoptado por completo mis costumbres nocturnas; se debe sentir más seguro conmigo despierto). Supongo que las miradas famélicas que le dedica el jorobado sin el menor disimulo deben ser la causa de su prudente actuación.

-Ya podríais dejar vuestra dieta tan estricta –se lamenta Rufus, sacándome de mi ensimismamiento-. Hace días que no os alimentáis, y con los precios del matadero me voy a morir de hambre.

En ese momento reparo detenidamente en la deformidad bulbosa y en la rabia contenida con la que lanza unas hogazas de pan, algunas patatas y un par de manzanas sobre la vieja mesa de roble. Ante mi preocupación por su mal humor me cuenta que los tubérculos es la única comida que ha podido comprar con los cuatro maravedíes que llevaba en el morral.

-El resto lo he rob… tomado prestado del tendero de la esquina.

Entonces me comenta, entre sibilinas miradas a Arquímedes y babeos varios, que, ante la desesperación por hincar algún mellado diente en un filete delicioso y sanguinolento, se ha acercado a la caja (que ahora es banco) para solicitar un crédito, o una ayuda alimenticia, o humanitaria; pero como no tiene un “contrato de trabajo” ni ahorros, ni mucho menos un bien inmueble con el que avalar su gula insaciable, le han mandado a paseo entre palmaditas en la joroba y frotamientos varios en la misma con décimos de lotería.

Pero lo que realmente me ha dejado turbado en el relato de Rufus es que ha escuchado una conversación de lo más inquietante mientras esperaba su turno para ser atendido (y despedido entre risitas). Una de las cajeras se lamentaba a otro compañero de que se iban a implantar cambios en la titulación de su carrera universitaria. La chica estudia Derecho, y resulta que a partir del curso próximo, para tener la carrera de abogacía se deberá hacer un Master de dos años (coste aproximado de 12 mil euros… es decir, un par de arcones llenos de maravedíes…) con un único examen final, y con la obligación de colegiarse (unos 120 euros mensuales), aunque no se ejerza. O sea, que 5 años de arduos estudios e innumerables prácticas no habrán servido de nada si no te gastas un dinero extra jugándote tu futuro, trabajado durante 7 años en total, a un único examen final. Pero la cosa no queda solamente ahí, evidentemente. Todos los abogados que tengan sus estudios finalizados (aunque sea hace 20 años) deberán igualmente colegiarse antes del inicio del curso lectivo próximo o perderán la licenciatura de Derecho. Menudo atropello. Como consecuencia inmediata los estudiantes a los que les falta un curso o dos para acabar la carrera se han matriculado de todas las asignaturas posibles, dándose el caso de personas que se han llegado a matricular de 25 asignaturas o más. Una auténtica locura. Pero aún esos jóvenes tienen una posibilidad de esquivar el Master. La peor parte es para los que hayan empezado, o lleven 2 ó 3 años. Deben sentir que han tirado tiempo y dinero a la basura. De nuevo jóvenes engañados y frustrados.

Los farsantes vendemotos y engañabobos que dirigen todas las iniciativas educacionales de semejante envergadura justifican semejante despropósito alegando que en muchos gabinetes de abogados trabajan varios picapleitos mientras solamente hay uno colegiado. ¿Entonces la medida es recaudatoria? ¿O acaso, ante la crisis actual, los grandes jerifaltes de la abogacía han decidido que hay demasiados licenciados (y posibles competidores) y con medidas punitivas e imposibles para muchos bolsillos se cepillan a la mayoría de los abogados, presentes y futuros, de este país, al igual que hacen los bancos con las cajas, para quedarse con su coto particular de caza y el reparto injusto del pastel? Que alguien me lo explique si lo entiende. ¿Para qué demonios va a llegar el hijo de un humilde labriego a licenciarse, cuando hay cientos de burgueses que lo merecen muchísimo más, simplemente por su alcurnia? Deben pensar que qué se han creído esos pretenciosos vasallos.

¿Es acaso todo ello consecuencia del tan cacareado Plan Bolonia? ¿Quién puede costearse un Master tan caro sin trabajar, ya que se te va a pedir dedicación exclusiva a los estudios, debido a la importancia del tema que te estás jugando? Cada uno que saque su conclusión. Y si cree que es una injusticia, que salga a la calle, que las porras de los esbirros del capital les están esperando, brillantes, lustrosas e impacientes.

De repente, un suave golpe llama mi atención. Arquímedes ha caído redondo, con las patitas hacia arriba y la cola tiesa. Sus pupilas dan vueltas en espiral, pero respira con normalidad. ¿Un soponcio? ¿Un desmayo? ¿Una subida de tensión? ¿Una bajada de azúcar? En la pantalla del ordenador hallo la respuesta. El pequeño roedor se acababa de matricular a la Carrera de Derecho por la universidad a distancia…

miércoles, 9 de febrero de 2011

El Vacío

El Vacío me abruma. No se trata solamente de haber agotado mis últimos maravedíes en comprar la tinta con la que ahora escribo; mi propia sangre podría hacer las veces. No se trata de observar cómo la cera de la vela se funde sin remedio sabiendo que no tengo otra de repuesto en el cajón. No se trata solamente de apurar los márgenes del pergamino ya que no veo nuevas hojas por ningún lado. No se trata solamente de apañar con un calzo improvisado la cojera de mi scriptorium por carecer de fondos para uno nuevo. No se trata solamente del apropiamiento indebido del carro de Rufus por las autoridades competentes por no tener un seguro para carromatos y otros vehículos de tracción animal establecidos por el Consejo de gobernantes (aparte de una inspección técnica certificada sobre el corriente buen estado de los ejes del mismo, o el precio en alza de la alfalfa de los asnos que tiran del mismo... es que el precio del combustible se ha puesto por las nubes, mientras las multinacionales del forrajeo se frotan las manos ante la perspectiva de jumentos y corceles del Reino por alimentar).

No se trata solamente de la horrible y palpable sensación de caída libre hacia el abismo insondable de la indigencia y ruindad. Es algo más. Es un cambio, o, en todo caso, la materialización final de la evolución del Pecunia Vuult. Es un retorno cíclico a la Edad Oscura, a la esclavitud sin Espartacos, a la consecución de actos inhumanos y viles. Es el fin.

Pero la desesperación ante el Vacío es más intensa, si cabe, cuando te das cuenta que todo lo que pensabas alguna vez que era cierto, que era latente, que era primordial, casi axiomático, no es sino una burda treta de magia barata, un cruel juego del destino, que, implacable, se ríe de nosotros. O al menos de mí. La confianza en lo que sentía cierto se ha tornado sin  remedio en una mentira, una mentira que ya existía antes pero que yo, en mi supina necedad, era incapaz de atisbar, o, probablemente, gustoso de negar a sabiendas de que al menos una ínfima parte de mi maldita alma sabía toda la verdad desde hacía mucho tiempo. La venda se cayó, o jamás estuvo, o me la puse yo. Acepté todas las mentiras, e incluso las creí tornar certeras para que fueran menos dañinas. Pero la Verdad, con mayúsculas, se sobrepone a la Mentira. Al menos ahora, sé cuál es, aunque su rostro me resulta aún indefinible, pues las nuevas mentiras se sobreponen a las viejas, en un entramado laberíntico de infinitas salidas sin salida.

Siento un escalofrío, como antaño, cuando mi piel no era tan seca y mis movimientos resultaban más ágiles. De lo que no tengo la certeza es de si lo ha producido una ligera brisa o la comprensión de todo. ¿Será ese el árbol de la Ciencia? ¿Ahora, que ya sé, seré un nuevo Adán, despojado del falso entorno bucólico del Edén? ¿Ahora que conozco la Verdad una vez más, seré arrojado como mi antepasado al averno de la perdición? ¿Por qué tuve que saberlo? Mejor aún, ¿por qué no habría de saberlo? La esperanza de mi desgraciada vida está en ello. O estaba. Cada cual que haga con su camino lo que mejor crea conveniente. Yo me limitaré a la soledad y encierro de mi celda, entre estos gruesos muros, despertando únicamente noche tras noche, acompañado por mis únicos amigos -una rata, una paloma y un jorobado pervertido-, admirando y odiando al mundo y a las personas, descendientes de Seth.

¿Qué habría de hacer, entonces? Esto es peor que el Fin. Es peor que la Mentira. Es el Vacío.