domingo, 4 de marzo de 2012

Pequeños relatos: Tras la caída de San Juan de Acre V

Llevaba varios días deambulando infructuosamente por las agrestes colinas del norte de Siria y estaba a punto de arrojarme a los límites de la desesperación, o directamente al estanque lleno de peces que podía observar desde aquella taberna en Urfa, cuya frescura me atraía. Mientras, consumía con pequeños sorbos un té moruno que había aderezado con un chorrito de un excelente licor anisado que conseguí en el zoco de la ciudad. Mirando cómo los últimos rayos de sol se perdían entre las cumbres de poniente, intenté sopesar las alternativas que se me planteaban.
¿Seguir buscando la dichosa fortaleza hassasin por aquellas montañas? Anatolia era escarpada, engañosa, fácil para las emboscadas, plagadas de bandidos y lo que era peor, de turcos, que, en su incipiente expansión, suponían un peligro tanto para los bizantinos como para los mamelucos. Armenia no era desde luego un lugar menos inhóspito: aquí los kurdos sustituían a los turcos, siempre tan levantiscos y territoriales. Urfa misma era un reducto kurdo. No había miedo, desde luego, pero era cuestión de pensarse el evitar cualquier contratiempo innecesario.
Pedí otro té y arrojé unas monedas herrumbrosas sobre la madera. Las primeras estrellas titilaron en el cielo. En la mesa contigua se sentó un grupo de varios individuos, ataviados con capas oscuras. Yo les presté atención solamente porque uno de ellos, al echar la capucha hacia atrás, reveló una piel demasiado blanca para la climatología de aquellos lares. Era pelirrojo, con algunas pecas, pero sin duda sus rasgos eran semíticos, y sus modales parecían tan refinados como los de la mayoría de los sirios, cosa que había aprendido por experiencia. El tipo, de larga melena rojiza, me clavó la mirada y sonrió. Un hormigueo de intranquilidad recorrió mi cuerpo pues la sonrisa, cortés, parecía contener un atisbo de ironía, como si mi disfraz de mercader fenicio precapitalista no fuera todo lo convincente que me imaginaba. En aquellos labios morados afloraba un reto vengativo y cruel, sarcástico y temible. Los ojos del hombre brillaron al reflejo de la luna y volvió a la conversación con sus compañeros.
Yo intenté centrarme en mis pensamientos. ¿Abandonar la búsqueda? ¿Volver a la costa y embarcarme? Imposible. Las rutas comerciales estaban cortadas. Podría llegar a Egipto, pero no más lejos. Ni siquiera era posible acceder a Chipre, el reducto cristiano más cercano, donde me esperaban mis compañeros. Nadie se atrevía a hacer un viaje tan arriesgado con la flota mameluca, tan agitada como un hormiguero, esperando en el mar. Además, tenía una deuda con Samira. Por salvarme de las garras del sultán mameluco. Y por redimirme. No, no huiría. De alguna manera encontraría la fortaleza de los temibles asesinos, y con su ayuda, o sin ella, hallaría al amo del demonio que acabó con Samira y la vengaría.
Además, había que tener en cuenta la otra cuestión…
-Perdón, ¿no habréis visto a un templario por estos lares?
Levanté la cabeza. Frente a mí, el pelirrojo se erguía con expresión soberbia.
-No. No he visto a nadie así –dije con toda la seguridad de la que pude hacer gala, esperando que mi acento franco no se trasluciera demasiado bajo mi rudimentario árabe.
-Vaya; me pareció estar seguro de que le conocíais –respondió el pelirrojo, observándome fijamente. Su mirada destilaba astucia y odio al mismo tiempo. La empuñadura de un alfanje asomó entre sus ropajes.
-Pues no. Os equivocáis –insistí con torpeza.
-Mil perdones, señor –dijo-. Y gracias –soltó en un francés defectuoso.
Demasiado tarde me percaté de la ingeniosa treta del sirio para hacerme revelar mi verdadera identidad; aunque había podido evitar contestarle, la expresión de mis ojos dejó bien claro que le había entendido a la perfección. Me disponía a huir prudentemente de allí, cuando vi que el pelirrojo había desenvainado su alfanje, de hoja fría y resplandor tétrico. Su rostro había palidecido de repente y sus ojos se habían tornado insondables como la noche más oscura. Y, aunque parezca imposible, su lengua se había afilado horripilantemente hasta sobresalir más de un palmo de su boca y los colmillos habían salido proyectados para alcanzar la envergadura de los de un león. Los compañeros que le rodeaban saltaron enérgicamente de sus bancos con la intención de cortarme cualquier posible salida. Miré a los ojos del sirio, petrificado por la sorpresa, pero mi instinto curtido en numerosas batallas me hizo esquivar en el último momento el mandoble que iba a mi brazo y que terminó rompiendo el vaso de té moruno. Rodé por el suelo para derribar a uno de los lacayos de aquel demonio, tan parecido y tan diferente al mismo tiempo que el de Sidón, y con un movimiento rápido saqué mi daga y la incrusté en el pecho del derribado, que aulló de dolor mientras una fuente de sangre manaba de la herida. Entonces me puse en pie y saqué el alfanje de Samira, el cual había hecho ya mío.
-¡Le quiero vivo! –siseó el sirio.
Los secuaces, cimitarras en mano, se me acercaron; comprobé que el aspecto de los mismos era totalmente humano, pero la alegría me duró poco. El herido se incorporó de un salto y rugió con odio. ¿Cómo era posible? Estaba seguro de que la puñalada había sido mortal. La herida seguía manando sangre, pero el aspecto del esbirro era tan saludable como las circunstancias le permitían.
-¿Quiénes sois? –fue lo único que acerté a decir.
En lugar de una respuesta dialogante, los esbirros se abalanzaron cuales Mossos d’Esquadra sobre una indefensa estudiante de Secundaria. Pero frente a ellos tenían a un luchador consumado dispuesto a vender cara su vida. Paré con mi espada la hoja de un lacayo y esquivé el tajo de otro que, lanzado en tromba por el impulso, mostró sus posaderas para que yo las pateara sin piedad y arrojara al indeseable contra un murete. Giré sobre mí mismo para proteger mi flanco y rebané la mano de un tercero. Pero incluso así, el manco sacó con la otra mano una pequeña maza y arremetió de nuevo, como si nada hubiera pasado, como si el dolor fuera insignificante, a pesar de que estaba gritando como una bestia.
Ante la expectativa, brinqué a lo alto de una mesa para dominar el campo de batalla, cosa que conseguí momentáneamente tras propinar una dura caricia con la bota en la cara del secuaz que no paraba de escupir sangre por el pecho.
-¡Ríndete! –ordenó el sirio- ¡No podrás con todos nosotros!
-Pues ven tú solo en vez de enviar a tus perros, si eres tan valiente –le espeté.
A pesar de estar a unos tres metros más o menos, el pelirrojo, loco de rabia, saltó como un felino para caer sobre mí y derribarme de mi posición. Ambos dimos con nuestros huesos en el duro suelo, pero al demonio pareció no afectarle lo más mínimo y me aferró con una fuerza sobrehumana, clavándome unos dedos como cuchillos. Entonces abrió las fauces y apuntó con sus colmillos, de los que emanaba una putrefacción insoportable, un olor solamente capaz de ser definido como la antesala de la muerte, directamente a mi cuello. Yo le solté un cabezazo en plena boca y el dolor fue tan intenso que me quedé aturdido unos instantes. El sirio me soltó y levantó la cabeza hacia la bóveda nocturna: uno de sus colmillos estaba roto y colgaba de un hilo de carne. De repente, un corto pivote de ballesta se incrustó en uno de sus ojos y el engendro saltó lejos de mí, aullando.
Miré a mi alrededor y me creí totalmente poseído por la locura cuando comprobé que las sombras se movían a una velocidad vertiginosa. La cabeza de uno de los lacayos se deslizó de su cuello y cayó pesadamente al suelo al paso de uno de aquellos espectros por detrás de él. Otro pivote surcó el aire y fue a parar al cuello de otro esbirro. Las sombras fueron tomando forma definida poco a poco mientras el resto de secuaces del demonio cayeron pesadamente, descuartizados. Y definitivamente muertos. El sirio, lejos de enfrentarse con las sombras, lanzó unas maldiciones en una lengua irreconocible y desapareció tras una cortina de humo que había surgido de la nada.
Yo aferré mi alfanje y me incorporé para enfrentarme a los recién llegados. Iban vestidos con telas grises y envueltos en capas, las cabezas ocultas bajo unas capuchas y los rostros velados tras una especie de pañuelos que dejaban solo los ojos, de intensa mirada, al descubierto. Guardaron en la profundidad de los ropajes alfanjes, cimitarras y dagas y, uno, ballesta en mano, se descubrió la cara y se acercó a mí.
-No temas, Jacques de Molay –dijo en árabe-. Hemos venido a ayudarte.
Parecía que todo el Islam conocía mi nombre y me perseguía, y lo peor es que estaba comenzando a acostumbrarme. Pero no podía soportar la posibilidad de otra mentira a manos de otro demonio, de un nuevo engaño, de una eterna celada para sumirme en la inopia. Por eso me lancé con la hoja en ristre dispuesto a morir o asestar un golpe definitivo a aquellos nuevos rufianes.
La oscuridad llegó sin avisarme.

miércoles, 18 de enero de 2012

Pequeños relatos: Tras la caída de San Juan de Acre IV

Samira guardó su daga bajo el cinturón, pero dejamos el resto de armas y los objetos más pesados en la playa, y nadamos hasta el arrecife donde se erigía el Castillo del Mar sin ser vistos, gracias a la habilidad portentosa de la muchacha por aprovechar las posibilidades que brindaba la oscuridad, aunque ello no nos hubiera salvado de que un proyectil cayera fortuitamente sobre nuestras cabezas; y di gracias a Dios porque no sucediera tal desgracia. En la parte de atrás existía un muelle pequeño, donde en aquel preciso instante un grupo de hombres se afanaban en cargar un bote con alforjas y arcones. Quiso la desgracia que un saco lleno de pez incendiado cayera sobre ellos, provocando una explosión mortal. Unos guardias salieron para socorrer a sus camaradas, momento en el cual Samira aprovechó para empujarme y entrar ambos por la puerta trasera. Yo no sabía las pretensiones de la hassasin, y me hubiera quedado gustosamente a ayudar en aquel desaguisado, pero su insistente mirada abortaba todo tipo de reacción por mi parte. Nadie reparó en nosotros ya que estaban demasiado ocupados en defenderse y mantener el orden dentro de aquél caos imperante.
Samira parecía conocer perfectamente la disposición del interior de la fortaleza, pues se dirigió directamente a la pequeña capilla templaria, en la que entramos para comprobar que el altar había sido retirado, mostrando así una oquedad por la que unos escalones desgastados llevaban a las entrañas del islote, probablemente a alguna cripta oculta para la mayoría de los hermanos de la Orden.
El agujero se ensanchó bajo la superficie y pudimos bajar los escalones erguidos, al abrigo de unas paredes de roca iluminadas por el extraño juego de luces que emitían las teas que habían sido colocadas de manera improvisada. El brillo hipnótico reveló la presencia de un cuerpo tirado en la escalera. Se trataba de un sargento de la Orden, con el cuello destrozado, más bien diría rasgado, empapado de su propia sangre y con una expresión de miedo atávico en sus ojos.
-Vamos, de prisa –susurró Samira-. Se nos han adelantado.
-¿Quién? –pregunté, alterado. Pero la sombra de la hassasin ya se había perdido escaleras abajo. Así que cogí la espada del templario para que me ofreciera un mejor servicio que a su dueño anterior, y me lancé a la oscuridad juguetona.
Lo que hallé me dejó patidifuso, o mejor dicho, totalmente petrificado. De cara a mí, un demonio, pues soy incapaz de describir su presencia como otra cosa, mantenía sujeto a un caballero templario, sujetando sus hombros mientras chupaba la sangre que surgía del desgarrado cuello de su víctima con un sonido vomitivo. Los ojos de la bestia se clavaron en mí, brillantes de satisfacción, de gula insana, de deglución espiritual y material. Sus pupilas, de una oscuridad insondable, se relamían de antigüedad y maldad.
Empuñé la espada frente a aquella progenie satánica y él, sin apenas gesto alguno, soltó su fuente de alimento, no sin antes hacerse con un pequeño cofre que el caballero aferraba contra su pecho. Entonces, el demonio torció el cuello, bravucón, y dio un paso hacia mí, con una sonrisa que mostraba sus colmillos desproporcionadamente grandes, punzantes, embebidos en sangre.
Mi cerebro reaccionó y los sentidos volvieron a funcionarme, como si hubiera surgido de un embrujo. Entonces, pude tener una visión general de la cripta, una cueva, excavada en la roca quizás hacía miles de años, repleta de todo tipo de objetos, la mayoría crematísticos, como joyas y arcones rebosantes de monedas de oro y plata; pero también había numerosas tallas en madera o piedra de Nuestra Señora con Jesús de Nazareth, y de la Magdalena. Pero ni rastro de Samira.
Sentí el aliento pestilente de la bestia, que ahora se me antojaba mucho más humana, con rasgos claramente europeos y vestimenta árabe. A punto estuve de bajar la guardia, pero un repentino movimiento de las manos de mi contrincante, acabadas en afiladas zarpas, me indujo a lanzar una estocada con la espada templaria, que chocó contra el suelo, pues el demonio chupador de sangre esquivó el golpe con una insultante facilidad. De repente, le tenía junto a mí, y me retorció el brazo armado. Grité de dolor, caí de rodillas y solté la espada. Con la otra zarpa me arrancó la túnica y lanzó sus fauces hacia mi cuello desnudo. Pero en lugar de morderme, lanzó un aullido gutural, me envió de un manotazo contra la pared y se protegió la cara, de la que surgían volutas de humo pestilente. El golpe contra la piedra me aturdió y no pude moverme durante unos instantes, pero ello no me impidió darme cuenta de que la cruz bendecida que colgaba de mi cuello brillaba. Sin duda el demonio no había podido enfrentarse al poder de Dios.
De las sombras surgió Samira, y lanzó varios tajos con su daga contra el cuerpo del chupasangre, aunque aquello pareció enfurecer más que dañar al engendro del infierno, entonces clavó la hoja en la muñeca del monstruo, que abrió la mano que sostenía el pequeño cofre y la hassasin se hizo con el botín. Ante la estupefacción del chupasangre, la joven se acercó a la salida y me lanzó una mirada compasiva.
-Deuda saldada, valiente caballero -dijo.
Así que allí nos separábamos. Yo no había sido más que un cebo, una distracción útil para hacerse con aquel tesoro. Lejos de notar la dolorosa punzada de la traición, mi alma entró en paz, conocedora y aceptante de mi siniestro futuro como alimento para la bestia. Quizás aquello fuera lo justo, ya que la muchacha salvó mi vida una vez, y aunque su motivo fuera el oportunismo, yo sentía que quizás había salvado también mi alma pecaminosa.
Con una celeridad pasmosa, el demonio agarró a la hassasin por el cuello y la alzó en el aire. Sus ojos refulgían odio, y sus palabras, ininteligibles, rezumaban un eco inhumano. Yo ordené a mis miembros moverse y pude llegar hasta la espada templaria. La garra del chupasangre destrozó el torso de la joven y sus putrefactas uñas atravesaron la carne para salir por la espalda.
La rabia inundó mis músculos y lancé un tajo con las fuerzas que me quedaban, espoleadas por la ira, por el odio hacia aquella criatura infernal que había arrancado la vida de la persona que me había congraciado con la redención que mi espíritu jamás hubiera esperado hallar.
La cabeza del demonio cayó al suelo y rodó con cara de sorpresa infinita, golpeó contra una talla de la virgen y comenzó a descomponerse a una velocidad vertiginosa, hasta convertirse en polvo, hasta verse reducido a cenizas y restos de huesos carbonizados; al igual que el resto del cuerpo.
Me arrodillé ante Samira.
-Nunca quise traicionaros –dijo. Escupió sangre.
-Lo sé –realmente, nunca lo supe. Nunca lo sabría. Pero eso no importaba.
-El cofre… su contenido -la joven lloraba, entre estertores-… os ayudará a derrotar… al verdadero demonio… mi misión… es la vuestra.
¿Era posible aquello? Yo también estaba llorando.
-Tomad –aferró su colgante, tiró de él y me lo dio-… No me olvidéis –y su alma abandonó el cuerpo.
-No podría.
Besé en la frente a Samira y escupí sobre los restos del chupasangre, que no era más que un esbirro de alguien más poderoso y maligno, si debía hacer caso a las palabras de la muchacha. Miré el contenido del cofre. ¡No me podía creer que fuera…! ¡Sí, no podía tratarse de otra cosa…! Salí de allí con el corazón constreñido, y una vez fuera, vi cómo los sarracenos invadían ya las murallas ante unos desesperados templarios. Pude haberme quedado y morir con ellos, pero también sabía que la misión, fuera cual fuera, tenía un alcance mucho más decisivo, no ya para la causa cruzada, sino para toda la cristiandad, quizás para toda la humanidad. Por eso nadé de vuelta, horrorizado ante la expectativa de la incertidumbre que se abría ante mí, pero con la claridad acerca del lugar que tendría que visitar a continuación y con ello conseguir las primeras respuestas. Supuse que aquella fortaleza entre las montañas al norte de Siria no sería tan difícil de encontrar… y además tenía el salvoconducto de Samira.

sábado, 14 de enero de 2012

Pequeños relatos: Tras la caída de San Juan de Acre III

Por supuesto que conocía a los hassasin. ¿Y quién no? La fama de eficacia de la que adolecía la temible secta era de sobras conocida en cualquier rincón del oriente próximo, aunque, a ciencia cierta, nunca se había demostrado ningún crimen producido por aquellas sombras asesinas, por lo que, al menos a mi parecer, no se trataba más que de habladurías, de leyendas para asustar a los más ingenuos.
Y sin embargo tenía a Samira frente a mí.
-El viejo de la montaña, nuestro líder, es mi tío –me explicó durante toda la noche, en la que no paramos nada más que para dar un breve respiro a los rápidos y asombrosamente resistentes caballos árabes que montábamos-. Mis padres murieron de peste siendo yo muy pequeña, y mi tío no quiso que extraños se encargaran de mi educación –torció el gesto en una sonrisa socarrona-. Supongo que no quería que me convirtiera en moneda de cambio para satisfacer la insana lujuria de cualquier asqueroso varias veces mayor que yo. Imagínate, yo, una mujer, entre decenas de hombres; de hecho, la única mujer, la primera desde los orígenes de la secta.
-Dicen que os entrenan a conciencia, hecho que he de reconocer sin la menor duda –recordé la facilidad con la que se batió con varios guardianes-. Os debo gratitud.
Samira me arrojó una mirada orgullosa.
-Me debéis más que eso. Ya os he dicho que por vuestra culpa he fallado en mi misión.
-Entonces estoy más que nunca en deuda con vos. ¿Y puedo preguntar la naturaleza de la misma?
-No os importa, aunque ya tendréis ocasión de resarcirme por ello, no lo dudéis.
La muchacha hizo una larga pausa, como cavilando dar rienda suelta a la lengua.
-Hace unas semanas –soltó al fin-, llegó una comitiva de cruzados, tanto de vuestra Orden como de los hospitalarios, a los alrededores de nuestra fortaleza. Nuestros centinelas los encontraron primero, pues ésta está bien oculta amén de ser inexpugnable. Para suerte de los vuestros, tenían un encargo para la secta, y se permitió que un heraldo de cada Orden se entrevistara con el viejo de la montaña. Su petición estaba acorde con la excelente compensación económica que ofrecieron. Mi tío aceptó, y debido a lo arriesgado del encargo decidió enviar a su mejor asesino.
-A vos –dije.
Samira sonrió.
-La mejor manera era introducirme como una concubina más. Y después de planearlo todo a la perfección, tanto el momento como el lugar, la disposición de las vías de escape –gruñó-, entonces llegasteis vos como prisionero después de la caída de Acre.
-¿Y en qué os he impedido yo la realización de vuestro cometido? –el cual me empezaba a imaginar. Si los cruzados querían de alguna manera detener la marea sarracena, lo mejor era descabezar a la bestia. Aunque para los hassasin la geopolítica no tuviera tanta relevancia como el trato en sí. Daba igual lo que sucediera con los cruzados en Tierra Santa, los asesinos cumplirían su palabra aunque el resultado no alterase para nada el futuro oscuro que se abatía sobre los lugares que hollara nuestro señor Jesucristo- Podíais haber asesinado al califa en cualquier momento. Incluso cuando iban a separar mi dura cabeza de mi tullido cuerpo.
-¡Necio! – rugió Samira- ¡El califa no es mi objetivo! Se trata de algo mucho peor. ¿Entendéis algo de magia? ¿De demonios, acaso?
Me mostré estupefacto ante la revelación.
-Además, maldito bribón escudado en hábitos de monje, desde que os vi se me estremeció el alma como jamás me había temblado ningún miembro.
Llegamos a una colina repleta de huertos, árboles frutales y cedros desde donde divisamos allí abajo la milenaria ciudad de Sidón. Todavía era de noche, y pese a la escasísima luminosidad que traía el alba que rayaba en lontananza detrás de nosotros, se podían divisar columnas de humo negro que surgían por doquier en la ciudad, acompañadas de gritos de hombres, mujeres y niños. El ejército del califa se hallaba en plena rapiña mientras un nutrido grupo de tropas asediaba una pequeña fortaleza unida al puerto por un puente de piedra. A lo lejos, en el mar, se divisaba una galera a la que varios botes cargados con todo tipo de cajas y arcones se afanaban por ir y venir, ajenos al bombardeo sistemático que las máquinas de asedio arrojaban sobre el Castillo del Mar.
Thibaud Gaudin se disponía a huir de nuevo. Dios amparase a los pobres infortunados que se hallaban tras los muros, pues no hallarían compasión alguna.
-Llegamos tarde –la voz de Samira tenía el tono de la frustración.
Yo desenvainé el alfanje y me dispuse al suicidio.
-¿Qué haces? –dijo- Vístete con las ropas que he dispuesto en tu equipaje.
En una alforja, efectivamente, hallábase un uniforme sarraceno. Me cubrí con aquellos ropajes por encima de mi túnica templaria.
-¿Qué plan tienes? –pregunté.
-Rodeemos la ciudad y bajemos al puerto. Si aún no es demasiado tarde…
Pero la frase quedó inacabada y tuve que poner todo el empeño en seguir los cuartos traseros de aquella temible mujer.

lunes, 9 de enero de 2012

Pequeños relatos: Tras la caída de San Juan de Acre II

Aunque mi cuerpo había cerrado sus heridas, las del alma se abrían cada día más con desgarradora crueldad, amén de que toda la fortaleza (que me proporcionaban los suntuosos manjares y los curativos bálsamos que me proporcionaba Samira) se perdía como arena entre los dedos debido a mi férrea firmeza ante las inclementes torturas a las que fui sometido durante días, quizás semanas, por aquellas odaliscas expertas en los placeres de la carne. Aquella situación me mantenía en un estado de prolongado y exhausto sopor, lo cual era aprovechado por mis captoras para intensificar sus dotes interrogatorias.
En uno de los escasos momentos de descanso, Samira se acercó, sigilosamente, y me confesó al oído.
-Se acabó tu tiempo, cruzado.
La miré con expresión huraña, sin comprender. Sus ojos, rojos, derramaban lágrimas. Entonces comprendí que mi fin había llegado.
-No… no he confesado… -balbucí.
-No ha sido necesario. Esta mañana llegaron unos mercaderes cristianos. Buenos, en realidad fueron capturados cerca de Tiro por nuestras tropas. La única razón por la que sus cabezas no fueron separadas de sus cuerpos es que dijeron que en realidad querían entregarse para dar una información que podría resultar de lo más interesante para el califa. Te puedes imaginar acerca de qué.
-¿Thibaud? –aventuré.
-Efectivamente. Dicen que lograron embarcar en su nave, supongo que mediante una buena suma de monedas, y que recalaron en el único puerto cruzado que queda en Palestina.
Sidón. Arrugué el entrecejo.
-Mostráis sorpresa –Samira me soltó una sonrisa compasiva-. Eso quiere decir que la historia de los forasteros es cierta. Habéis demostrado fidelidad hacia vuestros hermanos, pero temo que ahora tienen las horas contadas.
Cerré los ojos, e invoqué una corta oración por los templarios que iban a morir en el Castillo del Mar de Sidón. Seguro que el vasto ejército del califa iba ya en dirección a la ciudad.
-Fue una sorpresa para el califa –continuó la musulmana-, pues estaba casi seguro de que partirían rumbo a Chipre, y de ahí hacia Europa –hizo una pausa-. Los mercaderes han confesado que sacaron de la galera un enorme arcón de piedra. No sabían lo que había en su interior, pero oyeron a los templarios comentar que gracias a Dios, “aquello” estaba a salvo de las manos infieles. Sospecharon de algún tesoro material, como las joyas y riquezas con las que les ha colmado el califa.
-¿Sabes el nombre de esos perros? –yo no creía que ningún miembro de la Orden les traicionara, pero si era el caso, quería estar al tanto para reparar el daño alimentando a los buitres con las vísceras de los traidores.
-Mmmmh… Unos se llama Karl. Y el otro Gustaf. Realmente repulsivos.
-No los conozco –apreté el puño con rabia.
De repente, un sonido de metales entrechocando entró en la sala. Un grupo de fornidos soldados se abalanzaron sobre mí y aprovecharon mi debilidad para capturarme. Uno de aquellos animales pateó a Samira para alejarla de mí, y limpié aquel deshonor de un escupitajo en la cara del infiel, que era prácticamente lo único que podía hacer. El cobarde me abofeteó con dureza y sentí sus puños en mi estómago y espalda. Incapaz de resistirme, me arrastraron por pasillos en los que de vez en cuando salía algún eunuco que volvía a refugiarse en las sombras; incluso pude atisbar entre la sangre que cubría mi rostro a las esclavas que me habían proporcionado tantas horas de tortura. Las pobres tenían la mirada triste. Quizás mi trato respetuoso les había hecho sentir que su tarea no era todo lo desagradable que podía esperarse.
Llegamos a una sala grande, austera, fría, sin ningún tipo de adorno a no ser por el manto rojo de, seguramente, sangre seca, y por un gran tocón de madera. La escasa luz rojiza del atardecer que entraba por un ventanuco iluminaba la grosera figura de un gigante que portaba la cimitarra más grande que había visto jamás.
Me ayudaron a arrodillarme con un tremendo golpe en la cabeza, y pusieron esta sobre la áspera madera reseca, a pesar de ser embebida de vez en cuando por el fluido vital de los cristianos incómodos. Mi posición debía ser del todo ridícula ya que los insultos y vejaciones pasaron del tono aceptable.
-Vas a morir como la rata que eres, infiel –el gigante, que para mi sorpresa sabía hablar, levantó la hoja en el aire sin apenas esfuerzo.
Cerré los ojos de nuevo, pero esta vez para orar por mi pecaminosa alma, mientras esperaba el tacto frío en mi cuello. Al menos sería rápido.
Solo que el acero no cayó. En su lugar una mole de carne me aplastó (y aturdió) durante unos segundos, a la vez que los gritos de asombro y terror de los soldados retumbaban en mis oídos como martillos en un yunque. Abrí los ojos y vi que un pivote de hierro atravesaba el cuello del verdugo. Un par de guardianes yacían también en el suelo y un silbido llevó a otro más al infierno, cayendo su cuerpo junto a mí. Me hice rápidamente con su alfanje y pude detener el golpe letal de otro sarraceno, el cual perdió el equilibrio y la vida por culpa de una figura que se movía a la velocidad del rayo.
Samira, con una agilidad felina, esquivaba golpes y rebanaba gaznates con una simple daga. En su cinto colgaba una pequeña ballesta de acero.
-Levantad, cruzado –me ordenó.
Así lo hice y me uní a la lucha, con más ganas que fuerza, aunque afortunadamente, la confusión del momento me hizo ganar varios combates singulares, al estar los litigantes más preocupados de por dónde podía venir un nuevo tajo mortal que por un cristiano medio muerto a golpes. Los pocos guardias que quedaban huyeron a toda prisa por las lúgubres galerías.
-Pero, ¿cómo es posible? –observé a Samira. Ya no era la indefensa odalisca de palacio. Ante mis ojos tenía a una auténtica máquina de matar, vestida de negro, encapuchada y con el rostro casi cubierto a excepción de los ojos.
-No hay tiempo. Vámonos –me cogió de la mano, y la fragilidad de su tacto se tornó en la fortaleza de la decisión, tirando de mí con un ímpetu imposible de contrarrestar.
La seguí como pude por pasillos, escaleras, recovecos, esquinas y quién sabe cuántos lugares más. Resultaba evidente que se conocía la disposición del palacio del califa a la perfección. Al final salimos a la oscuridad de la noche, cerca de una fuente, donde dos caballos ligeros y rápidos nos esperaban, totalmente ensillados. Hasta muchos kilómetros lejos de Damasco, entre dunas, no detuvimos el paso.
-Por tu culpa he fracasado en mi misión –soltó Samira, enfadada.
-¿Tu misión? No… No entiendo.
-¿Has oído hablar alguna vez de los hassasin? -se quitó el velo negro, y sus labios encarnados brillaron a la luz de la luna.

miércoles, 4 de enero de 2012

Pequeños relatos: Tras la caída de San Juan de Acre

Abrí los ojos en una penumbra apenas iluminada por escasas teas y ceras ardientes de relajantes aromas que insuflaron a mis pulmones fragancias agradables. Me hallaba en una sala amplia, decorada suntuosamente con ricas telas orientales, cortinas de seda, cojines confortables de variopinto colorido colocados estratégicamente alrededor de mesas bajas, tan bellamente labradas, que parecían más obra de un perfeccionista orfebre que de un ebanista experimentado. La exquisitez del lugar mostraba no tan solo el poder mundano del dueño sino también el gusto sibarita por el arte y la espiritualidad hecha materia. ¿Acaso me hallaba en el paraíso? ¿Había muerto? Intenté alzarme en medio de aquel sueño quizás mágico, pero un terrible latigazo que recorrió mi cuerpo desde la nuca hasta los mismísimos pies me lo impidió. Alcancé a sentir el lacerante escozor de las heridas de guerra, de las cicatrices aún no cerradas que recuerdan con cruel certidumbre que aún me hallaba entre los vivos, aunque quizás no por demasiado tiempo; y de pronto ese dolor me hizo recordar…
El asalto final. Los muros tomados por los sarracenos, la huída hacia el bastión templario, la tenaz, pero vana resistencia. La avalancha humana en el torreón cruzado. Los hombres luchando, cercenando miembros, muriendo bajo el acero… Y de pronto el abismo. La apertura de las fauces de la tierra. La estructura de piedra reducida a añicos, arrastrando consigo a ismaelitas y cristianos por igual hacia la muerte definitiva. Demasiado peso para la solidez de unos cimientos corroídos como la raíz de una muela por los mineros infieles. Demasiados hombres. La caída al vacío y el fin, o al menos la oscuridad…
Y la imagen de la valerosa dama Eowyn de Camelot libre de aquella pesadilla gracias a la extraña cualidad de saltar en el tiempo como un ratoncillo inquieto.
Los recuerdos de la catástrofe y de la caída de San Juan de Acre se disiparon de repente ante la neblina que precedió la entrada de una joven en la sala. Adiviné unos rasgos semíticos gracias a los exóticos ojos de la mujer, único rasgo facial que se escapaba a la censura de un velo que, ¡Dios santo!, pese pretender ocultar el rostro, la tela era demasiado transparente como para ocultar los labios carnosos.
La saludé en árabe, aunque de manera algo torpe, he de reconocerlo. Pero mi dominio de la lengua infiel era lo suficientemente inteligible como para haber mantenido numerosas conversaciones durante mis periplos por Tierra Santa. Afortunadamente mi cerrazón occidental se había ido abriendo poco a poco a la mentalidad de aquellas gentes y de su cultura. Como muchos de mis hermanos pude comprender más allá de la Cruzada y entender que éramos hermanos bajo un mismo cielo y que nuestros dioses eran el mismo, aunque desgraciadamente la visión del Islam la encontrara equivocada y deseara que conocieran al Jesús que su profeta les había negado.
La muchacha sonrió sorprendida, y me devolvió el saludo.
-¿Cómo te llamas? –dije- ¿Quién eres?
-Soy Samira –se limitó a contestar.
Detrás de ella surgió un gigante semidesnudo y con un alfanje colgando de un cinto ricamente ornado. Intenté reaccionar para enfrentarme al intruso. El dolor me impidió moverme.
-Tranquilo, caballero. Es solo un guardián –con un gesto de la barbilla le ordenó marcharse-. Un eunuco –sentenció.
-No es que temiera su olvidada hombría. Más bien me inquietaba el tamaño de su espada.
Samira rió con dulzura mi intento por parecer gallardo, y los dientes perfectos y blancos como la leche brillaron entre sus labios. Se acercó y arrodilló a mi lado. Entonces me percaté de que portaba una bandeja con una lámpara y una copa.
-Vos no me habéis dicho vuestro nombre –susurró con una tonalidad simplemente hipnótica.
-Me llamo Jacques de Molay y pertenezco…
-Un templario –cortó Samira-. Los guerreros del califa dicen que mostrasteis un valor excepcional en la defensa de la fortaleza cruzada –hizo una pausa, mirándome fijamente-… Que luchasteis solo contra muchos –sus ojos brillaron de una manera extraña para mí-… Que si el mismísimo Iblis no hubiera derruido el suelo a vuestros pies jamás hubieran podido tomar el torreón templario…
-Yo solo hice lo que mi fe me ordenó –aduje, henchido de cierto orgullo por las alabanzas.
-El califa cree que sois un gran capitán…
-¿Y se supone que por eso estoy vivo? Vivo pero preso, aunque he de reconocer que he hollado algún que otro calabozo mucho peor que este… -lugar de ensueño, pensé- Mirad, bella damisela, si lo que pretende vuestro señor es conseguir una buena recompensa por mí, creo que lo lleva claro.
-Mirad a vuestro alrededor –dijo Samira-. ¿Acaso creéis que son riquezas lo que desea mi Amo? Tiene todas las que quiere.
-¿Entonces qué quiere de mí?
La joven me tendió la copa.
-Callad ahora. Y bebed.
El contenido era un líquido rojizo y negruzco, de aroma afrutado y dulzón, seguramente satinado de especias traídas de allende los desiertos.
-¿Vino? ¿Desde cuándo los musulmanes beben vino? –sonreí burlonamente.
-Mi señor es generoso. El vino es para vos. Y lo que deseéis a partir de ahora. Mi amo sabe recompensar.
Bebí de la copa. La ambrosía, caliente, entró por mi garganta como un manantial reconfortante y proporcionó a mis músculos entumecidos el calor de la fortaleza y el ardor combativo.
Samira cogió la lámpara y roció aceite espeso por mi pecho. ¡Entonces me di cuenta de que estaba totalmente desnudo, excepto unas piadosas telas que cubrían mis más absolutas vergüenzas! ¿Cómo era posible que me mostrara tan pecador? ¿Qué clase de tentación demoníaca pretendía mostrarme el califa a cambio de no sé qué? ¡Jamás el oro ni las riquezas me habían tentado, ni los ropajes suntuosos, ni la vida de reyes! ¡Solo mi hábito de monje templario me hacía realmente rico! ¡Dios Todopoderoso! ¡Jesús redentor! ¿Cómo podía yo mostrarme en tal estado? ¿Cómo había caído en el pecado de que me viera una mujer desnudo? ¿Por qué Satanás jugaba con mi expiación y la salvación de mi alma de esta manera tan injusta?
Incapaz de resistirme, la mano de la joven acarició mi piel, mezclada con el aceite, y sentí que el vino bebido me nubló el entendimiento. Con un esfuerzo sobrehumano, le arranqué el velo para desenmascarar al Caído. En su lugar me encontré unas facciones tan bellas, y una tez olivácea tan sensual que supe en aquel mismo instante que mi alma ardería por siempre en las llamas del infierno.
-Mi señor sabe que muchos barcos partieron de Acre, pero le interesa en particular uno de los últimos. En el que subió a bordo el infame Thibaud.
¿Así que de eso se trataba? ¿Una arpía hambrienta de hombres? ¿La lujuria hecha carne para mi goce? ¿A cambio de traicionar a la Orden? ¿De decir el rumbo que llevaba la galera de Thibaud Gaudin, el Tesorero Templario? El mismo que los había dejado tirados en aquel reducto como a perros ante los despiadados lobos infieles. El Cobarde, diría yo. Aunque muchos justificaron su acto. Pensaban que, por orden del Gran Maestre Guillaume de Beaujeu llevaba una reliquia de Jerusalén consigo, la cual pretendía poner a salvo de las manos sarracenas. El Arca de la Alianza, habían especulado unos. La Mesa del Rey Salomón, habían aventurado otros. El oro de la Orden, sin duda, desdeñaba yo.
-Eso es lo que él quiere –pareció adivinar mis pensamientos-. Pero yo os quiero a vos –y sentí que el aceite sobre mis heridas y el vino en mis labios retornaron el vigor a mis extremidades, y en lugar de alejar a aquella odalisca del placer, la agarré con fuerza para atraerla hacia mí, mientras sus ojos se clavaban en los míos con una auténtica mirada penetrante de deseo infinito.
Samira me abrazó.
-El califa quiere saber el destino de la nave que tomó Thibaud. Os sacará la respuesta tarde o temprano, pero por favor, aguantad esta recompensa o esta tortura, lo juzguéis de una manera u otra. Aguantad y callad todo el tiempo que podáis. Os quiero para mí y solo para mí. No lo reveléis a las otras.
En ese momento, un grupo nutrido de mujeres entraron en la estancia. De todas las tonalidades y apariencias posibles, inundaron la estancia con la firme intención de continuar el interrogatorio. No sabía si sería aquella esclava cristiana, o aquella nórdica turgente, o incluso aquella rareza llegada de las estepas mongolas, o acaso aquella númida de ébano… o mi decidida Samira, pero lo cierto es que no sabía por cuánto tiempo podría evitar confesar que el Gran Cobarde, hasta donde yo sabía, había huido a Sidón, a la fortaleza del Castillo del Mar.

sábado, 15 de octubre de 2011

Andanzas en tierra (quizás no tan) extraña 2

Nada más dejar el equipaje en la posada, nos dirigimos a lomos de mi jamelgo a la cercana villa de San Fernando de Henares por unos caminos tan mal señalizados que hubiera sido más fácil llegar a cualquier punto del planeta que a nuestro objetivo, tan cercano aunque tan inaccesible como el tesoro de un pecio.
-Se nota que nos hallamos en tierras de Espe –fue la explicación que quiso dar Eowyn-. En efecto, yo ya conocía que esa parte de la península estaba gobernada por una tirana corrupta, aliada de la Iglesia, que explotaba a sus súbditos y les despojaba de la Sanidad y la Educación para dárselas solo a quienes podían pagarla. Desconocía que también se dedicaba a jugar a los errores con los viajeros, pero esa era la teoría de mi compañera de viaje.
No bien logramos alcanzar el punto de reunión, tras los sufridos vericuetos comentados, empecé a darme cuenta de que el lugar no era exactamente lo que yo me esperaba. Amén de que no encontré ni un solo caballero de mi Orden (ni, de hecho, de cualquier otra, por lo cual empecé a maldecir al bastardo de Rufus); solamente veía gente vestida de rojo o tricolor que iban de un lugar a otro y que eran supuestamente afines a las ideas de Eowyn, pues su sonrisa y comentarios sarcásticos hacían evidente que me había metido en una fiesta que no era la mía, pero por alguna extraña razón que solamente el Altísimo alcanza a entender, me invitaba a participar de ella y de las sorpresas que me podía deparar.
Eowyn me introdujo en un laberinto de carpas improvisadas que hicieron real para mí un mundo del cual hasta entonces solo había oído hablar en las diferentes redes sociales de internetum, el cual, por otra parte, me había resultado tan interesante como para molestarme en investigarlo por mi cuenta o con la ayuda de mi querido Arquímedes. Mi malestar para con el jodido jorobado mentiroso se estaba tornando en un agradecimiento sincero. En aquel lugar, banderas rojas con martillos que cruzaban hoces en amarillo, camisetas con estrellas del mismo color y ositos comunistas armados de las temibles kalashnikov, camisetas con la cara del Che argentino, del comandante Fidel o del bolivariano Chávez e insignias revolucionarias de todo tipo, contrarias a los totalitarismos y a la explotación del ser humano, me rodearon y acariciaron las anillas de mi cota. Los mensajes subyacentes de igualdad, libertad y justicia que flotaban en el aire calaron a través del metal y las caras de aquellas personas asistentes al evento reflejaban algo que yo hacía tiempo había creído perder pero que bullía en mis entrañas de nuevo, rugiendo por salir y mostrarse en todo su esplendor: la esperanza.
-Algunos me acusan de ingenua –acordó Eowyn cuando le hablé de mis sentimientos- por seguir esta ideología y ser compañera de los que también lo hacen, pero con todos los errores que cometemos, como mujeres y hombres que somos, considero que esta doctrina nos habla de los valores que nos hacen más humanos, que es, esencialmente, buena. Además de que implica las teorías económicas más razonables, a mi modo de ver.
Recorrimos aquel lugar e hicimos acopio de símbolos de todo tipo, entre los cuales destaco la bandera tricolor, acerca de la cual me explicó Eowyn que había sido la enseña del país durante unos maravillosos años en que la Dama, la República, había gobernado tras destronar reyes caprichosos; aunque su legado de todos los valores auténticamente humanos que deberían regirnos fue decapitado por una cruenta guerra civil en la que los poderosos y la Iglesia habían lanzado una nueva Cruzada que sumiría al país en otra Edad Oscura durante cuatro largos decenios, seguido de otros casi cuatro largos decenios más de falsa democracia y mayor poder del capital que antes, incluso. En aquel preciso momento supe que Dios es republicano, y la Iglesia, una usurpadora de su nombre.
-Y que conste que no digo que la República fuera perfecta –continuó aleccionándome mi nueva amiga- pero era un paso muy importante en la dirección correcta. Y era nuestra. Y nadie tenía derecho a quitárnosla.
La noche llegó mucho más pronto de lo que esperábamos y decidimos recogernos en nuestros aposentos, que consistían en una enorme sala compartida por muchos de los asistentes a la fiesta, dicharacheros activistas venidos de diferentes lugares de la península. Aquella velada transcurrió sin más novedades y llegó el nuevo día, que estuvo henchido a rebosar de conferencias y presentaciones donde pude adquirir una visión mucho más completa e informada del mundo que me rodeaba y de sus numerosas injusticias: la situación de dominio de Palestina y el Sáhara, las guerras imperialistas en Afganistán e Irak, la tiranía de los mercados, el nombre moderno de los ricos y poderosos de todas las épocas, más intocables y más crueles con los desfavorecidos aún en estos tiempos que en aquellos de donde yo procedía. Y, sobre todo, la estupidez de una economía insostenible que pretende revitalizarse mediante el inmovilismo de concentrar el capital en manos de los que más tienen y evitar que circule y cree riqueza, a base también de esquilmar siempre a los que menos pueden defenderse y sumirlos en la peor de las miserias. En suma, el sistema más egoísta, cobarde, poco caballeresco y menos inteligente que darse pueda.
De nuevo llegó el crepúsculo, y tras escuchar un concierto musical plagado de acordes disonantes de reminiscencia celta (que parecieron encantar a Eowyn, aunque he de decir que las letras de aquellas canciones contaban muchas verdades), mi compañera de viaje me dijo.
-No os lo toméis a mal, pero lleváis todo el día pegado a mis faldas… bueno, es una manera de hablar porque no suelo vestir esa femenina prenda. No os preocupéis, comprendo que os sintáis algo fuera de lugar en un lugar tan diferente de lo que estáis acostumbrado; y he de deciros que me estáis haciendo un gran servicio, ya que vuestro imponente aspecto está alejando de mí a cualquier posible pretendiente.
-Lamentaría ser un obstáculo para vuestra vida social. Me retiraré discretamente en cuando me lo pidáis –yo intenté ser gentil.
-No, no, si me parece perfecto. Hay un momento y un lugar para cada cosa, y este no es para mí el dedicado a esos menesteres. Así que para recompensaros por vuestros servicios de transporte y escolta, os llevaré a un lugar muy especial. Tal vez allí tengáis alguna oportunidad de gozar de esos placeres a los que yo, al menos temporalmente, he renunciado. Si es que no habéis hecho ningún voto que os lo impida.
Nos dirigimos con las dificultades de orientación de aquellas carreteras que Eowyn definió como “surrealistamente señalizadas”, a la villa y corte de Madrid, donde en una de las calles de sus más nobles barrios nos encontramos una curiosa y atractiva taberna gracias a un amable viandante que nos señaló el camino correcto. El lugar, casi vacío, evocaba antiguas reuniones multitudinarias en sus mesas, con multitud de jóvenes y no tan jóvenes hablando y riendo entre rondas de todo tipo de bebidas alcohólicas. La decoración me sorprendió agradablemente por la cantidad de propuestas, actos políticos, y fotografías de las más ilustres mentes pensadoras del comunismo internacional y los más valerosos libertadores de la Revolución cubana, grapados en multitud de paneles informativos. El lugar, a pesar de todo lo anterior, me pareció mal iluminado y vacío, y noté en la mirada de decepción de Eowyn que ella estaba acostumbrada a verlo de otra manera.
-Esto no es ni sombra de lo que eran. Lo van a cerrar –nos explicó el atento autóctono-; Las autoridades quieren convertir el barrio de Malasaña en un escaparate de grandes marcas y transnacionales, ahogando el pequeño comercio un poco más de lo que ya estaba.
-Igual que en Barcelona. También han prostituido mi querida ciudad. Igual que en todas partes –se indignó Eowyn. Tras consumir algunos sabrosos mojitos mientras Eowyn me contaba sus pasadas aventuras en el local próximo a fenecer, decidimos volver a la posada: al día siguiente sería el último de la fiesta, queríamos madrugar para aprovechar el día y nos esperaba un duro viaje hasta nuestro lugar de origen.
-Estoy muy enfadada –afirmó Eowyn- y voy a hacer algo respecto. Aunque no sirva de nada –mi compañera de viaje sacó las banderas rojas y republicanas que había adquirido en la fiesta y las desplegó. Yo azucé a mi montura, pensando que aunque las fuerzas de seguridad de la villa y corte no fueran ni de lejos tan agresivas como las de Cataluña, tal vez la visión de la bandera comunista y de la que ellos hubieran llamado preconstitucional conseguiría hacer que se olvidaran de su educación, si es que la tenían; evidentemente, aquella chica tenía todos los números para recibir una buena tunda de azotes. Sin embargo, llegamos a la cercanías de la posada, sin más novedad. 

Excepto que, al descender de nuestra montura, vimos que nos estaban esperando (continuará).

jueves, 29 de septiembre de 2011

Andanzas en tierra (quizás no tan) extraña

A Rufus no sé si darle un abrazo o un escarmiento. Debería azotarlo como a un perro sarnoso por haberme engañado de manera vil, pero la verdad es que le estoy profundamente agradecido, porque, gracias a su triquiñuela, he encontrado un sentido mucho más intenso a la participación activa en la lucha que ha de devenir y de la que reinará la luz o las tinieblas: el Armagedón bíblico. No quisiera explayarme innecesariamente en los prolegómenos, así que simplemente diré que una buena noche encontré a mi sirviente conectado a eso que llaman internet y que no llego a dominar todavía. Pensé que estaba enfrascado en una nueva sesión de fotografías de señoritas “ligeras” de ropa, eufemísticamente hablando. Pero no; para mi sorpresa estaba leyendo.
-¿Qué haces? –pregunté, intrigado.
-Estooo… Se trata de un cónclave… de caballeros…
¡Caballeros! Mmmmmh. Quizás estuviera allí alguno de mis viejos colegas de batalla.
-¿Pone dónde es?
Debería haber notado sus sudores fríos cuando me atavié con mi desgastada cota de malla, mi raída capa blanca con la imponente cruz bermeja y mi fiel espada Afilona, distante años ha de la cualidad que sugiere su nombre, y monté a lomos de mi resistente Ataulfo, un curioso ejemplar equino de ligero tizne verdoso.
Quizás así me hubiera dado cuenta de la encerrona a la que me iba a abocar. Me alegro de no haberlo hecho.

No bien salí de la populosa urbe en dirección a la villa castellana con nombre de santo católico y por la que cruza el río Henares, me encontré con una figura femenina que iba a pie, con vestimenta de viaje que ocultaba a duras penas una armadura ligera, imbuida de años de luchas y torneos, y una enorme espada tan larga como ella misma. Al llegar a su altura no pude contener la curiosidad; y más porque, aquel rostro ya lo había visto antes.
-Si mi memoria no me falla, bella damisela -su aspecto, engañosamente frágil, me llamaba poderosamente la atención-, creo recordar haberos visto en la plaza donde acamparon aquellos jóvenes durante las protestas de mayo.
-Me acuerdo de vos vagamente -respondió, manteniendo su mirada color nuez dulce en mis gastadas pupilas, al tiempo que su mano se deslizaba hasta la empuñadura de su espadón -. ¿No me estaréis siguiendo?
-No, por Dios –me apresuré en aclarar.
-¿Por qué detenéis vuestra montura, entonces? ¿Qué deseáis?
-Solamente quería preguntaros adónde os dirigíais
-¿Quién pregunta por ello? –Una pequeña ráfaga de aire retiró su capucha y una preciosa melena azabache onduló en el aire.
-No pretendía asustaros –sabía que no podía hacerlo, ni por asomo-. Me llamo… Hace tanto tiempo que no escucho mi nombre que ya no sé ni cómo me llamo. Me dirijo a una villa desconocida por mí –dije el nombre-, junto a la capital del Reino, al encuentro de viejos camaradas de peregrinación por Tierra Santa.
-Palestina, supongo que queréis decir –me escrutó con detenimiento, como buscando un punto débil donde asestar el primer mandoble-. Yo me llamo Eowyn de Camelot, pero con Eowyn a secas también me vale. ¿Y esa Cruz Roja?
-Un nombre con carácter, y bello a la vez. Yo soy, o fui, un templario.
Sus ojos brillaron.
-De esos ya no quedan –suspiró-. Pensé que la Cruz Roja era por pertenecer a esa organización que ayuda a los necesitados.
-Esa siempre ha sido mi más sincera dedicación –respondí un tanto airado, quizás consciente de que aquella joven de aspecto luchador pudiera hallar en el fondo de mi alma las crueldades que yo había cometido en no pocas ocasiones, en nombre de unos farsantes que se apropiaban de la palabra de Dios-. Lo siento, pero no conozco a esa buena gente de la que me habláis.
-No importa. De hecho, yo me dirijo al mismo lugar que vos, aunque al encuentro de otro tipo de camaradas.
-¿A pie?
-¿Acaso no me creéis capaz? -su sonrisa, desafiante, me fulminó.
-No, no es que… -balbucí- Si queréis, podéis montar conmigo. Estas tierras están llenas de bandoleros (los Mossos de no sé qué, creo que se llaman) y timadores, políticos… y el viaje sería mucho más ameno para ambos –me apresuré a añadir-. ¿Qué me decís?
Ataulfo relinchó, henchido de orgullo. A pesar de sus achaques, no consentiría jamás no realizar un viaje, no permitiría jamás dejar atrás a su jinete, ni a quien este tuviera bien en invitar. Antes de eso, caería en el intento.
-De acuerdo. Pero mantened vuestra espada bien envainadita.
Trotamos por los bosques cerrados de Catalonia, topónimo heredado de los godos, quienes llamaron a su último reducto peninsular ante el envite musulmán Gotholonia. Salvo algún atasco de ganado que otro, arribamos a la yerma tierra y los campos abiertos de los monegros. Luego llegó Zaragoza, Medinacelli, la ciudad de Salomón, donde Tariq buscara insaciablemente la mesa del rey hebreo, auténtico tesoro que se mostraba esquivo y hundía su realidad en las redes de la leyenda. El ocre dio paso al esmeralda y Guadalajara quedó atrás para casi perdernos en un laberinto de carreteras, cruces, vías y caminos de cabras.
-Conozco una posada de buena reputación y mejor precio en una aldea junto a San Fernando –sugirió Eowyn.
La aldea no resultó ser tan pequeña como su nombre indicaba, y no tardamos en perdernos por sus calles. Encontrar la posada resultó al final más difícil que encontrar un obispo lento en un noviciado.